Psicología
Área infanto-juvenil: de 0 a 18 años.
La psicología infanto – juvenil es el área de la psicología encargada de abordar el estudio del comportamiento y desarrollo desde el nacimiento hasta la adolescencia. Esta rama se centra en cómo evoluciona el niño o niña a nivel afectivo, físico, motor, social, cognitivo y perceptivo, teniendo en cuenta la influencia de la genética y del entorno familiar, social y académico.
El profesional de la psicología infanto-juvenil tiene como objetivo entender,explicar e intervenir en el desarrollo y el comportamiento de los menores que acuden a consulta. Para ello terapias individuales y colectivas que ayudan a evaluar e intervenir en problemas emocionales, sociales, afectivos y de aprendizaje.
Nuestro objetivo terapéutico es fomentar cambios positivos y duraderos en el individuo, conociendo el momento evolutivo que está viviendo, descubriendo sus fortalezas y debilidades y adquiriendo nuevas herramientas para mejorar la gestión de las experiencias vividas y alcanzar el bienestar.
Los problemas más frecuentes son:
Dificultades o problemas de comportamiento y/o en la gestión de las emociones: los problemas de conducta son formas inadecuadas de comportarse y de actuar, generalmente persistentes y continuadas en el tiempo. En niños y adolescentes, provocan conflictos en diferentes áreas de su desarrollo (personal, familiar, educativo, social, etc.). En general, los padres pueden sentirse desbordados por este tipo de comportamientos en sus hijos,que aparecen en forma de rabietas, desobediencias, negativismo, agresividad, etc. Dichos problemas pueden surgir debido a variables genéticas, a condiciones ambientales (entorno sociocultural) y a condiciones familiares (estilos educativos, modelos parentales, afectividad, etc.) ¿Qué hace que los niños desobedezcan? Conseguir lo que desean siempre y de forma inmediata, etiquetarlos como niños malos, padres excesivamente autoritarios, llamadas de atención del menor para conseguir algo, falta de coordinación en las pautas educativas entre las figuras de referencia, etc. ¿Qué hace que tengan rabietas? Con ellas buscan conseguir lo que quieren o que el adulto ceda a sus caprichos o deseos más inmediatos. Forman parte del aprendizaje de los niños y tienden a desaparecer si no se refuerzan para que se mantengan. ¿Qué hace que un niño sea negativista? Que consigue o ha conseguido las cosas negándose o diciendo que “no”, con una actitud de oposición permanente, sin necesidad de ser agresivo. ¿Qué hace a un niño agresivo? Pautas educativas demasiado flexibles u demasiado exigentes, falta de consenso educativo entre progenitores o cuidadores, problemas de relación entre los padres, aprender conductas violentas en el entorno cercano, etc. Las pautas y tratamientos para cada una de estas circunstancias cambian, por lo que es importante un trabajo multidisciplinar para que los menores aprendan a autocontrolar su comportamiento. Es fundamental para el desarrollo y para desenvolverse de forma adecuada y adaptada a las diferentes situaciones y contextos en los que se desarrollan.
Controlar las emociones y mantener el autocontrol emocional puede ser muy complicado para algunos niños y adolescentes. Las emociones no son un problema en sí mismas, las hay más agradables o menos y todas son igual de válidas para desempeñarse en la vida. Lo que sí puede ser un problema es la falta de autocontrol emocional, es decir, no ser capaz de regular los impulsos emocionales de forma consciente, voluntaria y adaptativa, de manera que permita un mayor equilibrio personal y social. Los niños y adolescentes que no gestionan bien sus emociones sufren muchos altibajos durante su vida, ya que no manejan bien las emociones que le provocan tanto estímulos internos como externos. De este modo, son las emociones las que regulan sus comportamientos, llegando a que las emociones no dejan pensar con claridad y puede dar lugar a conductas desadaptativas y problemáticas. Son síntomas de una pobre gestión emocional actuar de forma irreflexiva e impulsiva, ponerse a la defensiva, enfadarse o deprimirse por lo que les ocurre, no poder mantener la atención durante un tiempo razonable en las tareas, mostrarse impaciente, ludopatías, compras compulsivas, etc. Pueden derivar en otros problemas psicológicos como depresión, ansiedad, autocrítica excesiva, perfeccionismo mal entendido, etc. ¿Cómo abordamos en terapia el control de las emociones? Hay que dotar al niño o adolescente de herramientas y habilidades que le ayuden a reducir ese nivel de alteración y que le ayuden a gestionar bien sus emociones, a través de técnicas como detener y/o cambiar los pensamientos, reestructuración cognitiva, relajación, entrenamiento en asertividad, etc.
Abuso o maltrato psicológico, físico, social o verbal que sufren los menores en el ámbito académico, de forma intencionada y/o repetitiva. Estos hechos pueden ocurrir presencialmente en el centro educativo o a través de las redes sociales (acoso virtual o ciberacoso). Puede tener consecuencias en forma de estrés, ansiedad, depresión e incluso, en casos muy graves, suicidio o intentos de autolisis. El trabajo interdisciplinar y la intervención simultánea sobre factores individuales, familiares y socioculturales es fundamental para prevenir e intervenir.
Es un mecanismo de defensa natural del organismo para hacer frente a situaciones que se perciben como peligrosas o amenazantes. Se traduce en que aumenta nuestro nivel de activación y nuestro cuerpo se prepara para enfrentar la situación. Es adaptativa siempre que el niño sienta que tiene herramientas suficientes para ello, pero se vuelve desadaptativa cuando no siente que las tenga o no tiene las herramientas suficientes para abordar las situaciones.
El miedo es un sistema de alerta que ayuda al niño a evitar situaciones potencialmente peligrosas. Es una emoción que se experimenta durante toda la vida, pero las situaciones que tememos van variando con la edad. El desarrollo biológico, psicológico y social hace que unos miedos remitan y aparezcan otros que nos ayudan a adaptarnos a las cambiantes demandas de nuestro entorno. Durante el primer año es normal tener miedo a estímulos intensos y desconocidos, hasta los 6 es más frecuente ante situaciones catastróficas, animales, tormentas, separación de padres, etc. A partir de los 6 años aparece el miedo al daño físico, a los accidentes, enfermedades y al bajo rendimiento escolar. De los 12 a los 18, los miedos tienen más que ver con las relaciones interpersonales y la pérdida de autoestima. En general, disminuyen los miedos físicos y aumentan los miedos sociales. Algunos miedos pueden convertirse en desadaptativos y pasar a ser fobias, que se entiende como el miedo irracional a algo que, en realidad, “no debería” darnos tanto miedo ni provocar en los niños una respuesta emocional desproporcionada.
El Autoconcepto y la autoestima son determinantes en la vida personal y social de cada niño y adolescente. Entendemos el autoconcepto como la opinión que un niño tiene sobre sí mismo, y la autoestima como el aprecio que se tiene, lo que se quiere. Ambos son clave para el desarrollo psicológico del niño y adolescente. Son el resultado de una evaluación global que el menor hace de sí mismo y no está ligado a ninguna actividad concreta, sino con los datos que va procesando de todas las áreas de su vida que de verdad le importan. De este modo, desarrollar un correcto autoconcepto y autoestima, es fundamental para la vida personal, académica y social de los menores. Influye en el rendimiento, condiciona las expectativas y la motivación y contribuye a la salud y el equilibrio psíquicos. Autoconcepto y autoestima son muy inestables en estas edades y cambian con facilidad debido a experiencias de éxito o fracaso en parcelas que para ellos sean muy importantes. Cuando están bajos, pueden derivar en otros problemas psicológicos como la depresión o la ansiedad, entre otros, y provocar dificultades en las relaciones, en la toma de decisiones, etc. También es posible que la baja autoestima y el bajo autoconcepto sean consecuencia, y no causa, de determinados problemas o dificultades psicológicas, por lo que es importante la valoración e intervención de profesionales de una forma multidisciplinar…
Es la dificultad que presentan los niños para controlar los impulsos emocionales y/o actitudinales que le provocan las diferentes situaciones que vive. Usualmente se manifiesta a través de la pérdida de control, impaciencia, rabietas,baja tolerancia a la frustración, negarse a obedecer reglas y normas, etc. Es fundamental que los menores aprendan a gestionar el autocontrol, su capacidad para gestionar sus actos, verbalizaciones y comportamientos de forma voluntaria y consciente.
Es una experiencia subjetiva de tristeza acompañada de la pérdida de placer, retraimiento social, dificultades para concentrarse, irritabilidad, problemas de peso y apetito, dificultades de sueño, fatiga, agitación o retraso motor, sentimientos de culpabilidad, pensamientos de suicidio y baja autoestima. Es uno de los principales trastornos, junto con la ansiedad, que se trata en consulta psicológica. Existen diferentes tipos de trastornos depresivos, según su duración, causa, cómo se presenta, etc. En niños el trastorno depresivo puede presentarse en forma de irritabilidad. Las posibles consecuencias varían en función del grado, intensidad y duración del trastorno y algunas pueden ser muy graves: aislamiento social (se queda en casa y tiende a no relacionarse), dolores físicos o afecciones somáticas derivadas de la depresión, pérdida de interés por la vida, pensamientos de suicidio, etc.
La pérdida de un ser querido representa una situación muy estresante y que hace que se desarrollen una serie de síntomas que forman parte del duelo (ganas de llorar, dificultades del sueño, falta de apetito, pérdida de peso, culpabilidad, irritabilidad, etc.). El duelo es un proceso normal ante esta pérdida y, de forma paulatina, tanto el dolor como las sensaciones asociadas, van remitiendo.
En otras ocasiones, los menores pueden necesitar intervención terapéutica para superar esta fase ya que, las reacciones de duelo y la forma de afrontar la pérdida varían en función de aspectos tales como las propias capacidades y habilidades, las experiencias vitales, la edad, la edad y tipo de muerte del familiar o allegado, etc.
En otras ocasiones, la pérdida afecta significativamente a alguno de sus progenitores, y esto afecta directamente al ámbito socio familiar del menor.
El objetivo de la terapia de duelo infantil y juvenil es que se generen recuerdos bonitos de la persona fallecida al que puedan recurrir, de forma que recordar a la persona no les genere malestar y sí buenas sensaciones y que puedan valorar los aspectos positivos de la persona fallecida. Los menores, hasta los 16 años, es aconsejable que asistan a estas terapias acompañados por progenitores y otros familiares, que deben implicarse en las explicaciones, recuerdos y cambios que faciliten el avance del menor.
Puede ser un problema que requiere de una intervención profesional a nivel multidisciplinar cuando existen alteraciones en la alimentación o en los comportamientos relacionados con ella y son persistentes en el tiempo, provocando problemas y alteraciones importantes en diferentes ámbitos de la vida. El bienestar psicológico está asociado con hábitos de vida saludables. La relación de niños y adolescentes con la alimentación se establece en la infancia, que es donde se adquieren los principales hábitos. Una mala relación con ambos puede derivar en desajustes a nivel emocional, dificultades para expresar sentimientos, baja autoestima, etc., por lo que es importante que haya una buena relación con ellos en el ámbito familiar. El trabajo multidisciplinar con este tipo de trastornos se basa en la Terapia Cognitivo Conductual, educando a los menores y proporcionándoles información adaptada sobre el propio trastorno, sus consecuencias, conductas asociadas y que mantienen y fortalecen el trastornos, factores como el autoconcepto y la autoestima, etc. Además, hay que trabajar la motivación al cambio, ya que en ocasiones el paciente no tiene la voluntad propia o el deseo de abandonar los comportamientos que han desencadenado el trastorno, y buscar ese cambio a través de autoobservación y autorregistros, como forma de que el paciente adquiera información sobre su problema alimentario y esta concienciación también ayude al cambio. Otra de las técnicas usadas en terapia es el entrenamiento en respuestas alternativas y la instauración de hábitos y patrones alimentarios más adecuados, correctos y saludables. Para esto último, hay que plantear un trabajo adecuado sobre los contextos en los que se mueve el niño, controlando al máximo su exposición hasta que tenga adquiridas respuestas alternativas que posibiliten enfrentarse mejor a estas situaciones o contextos conflictivos.
Afectan a los hábitos que rodean al sueño, tanto en calidad y cantidad como en rutinas, llegando a un deterioro tal que puede conllevar problemas como depresión, ansiedad, y cambios a nivel de funcionamiento mental. A través de diferentes técnicas, es posible ayudar a mejorar estos aspectos y a eliminar las posibles consecuencias. Existen diferentes tipos de afectaciones relacionadas con el sueño-vigilia: insomnio (el niño no puede iniciar o mantener el sueño durante la noche, sufre una activación fisiológica o cognitiva que le impide dormir y aumenta el nerviosismo y la frustración), hipersomnia (sueño excesivo durante el día a pesar incluso de haber dormido, sensación de cansancio y sueño recurrente, dificultad para estar totalmente despierto, desorientación espaciotemporal, etc.), narcolepsia (necesidad de echarse una siesta o dormir un poco en varios momentos del día), trastornos del sueño relacionados con la respiración (apneas o episodios repetidos de obstrucción total de las vías respiratorias durante el sueño o hipopneas, sin obstrucción total pero sí bajada del flujo respiratorio), trastornos del ritmo circadiano de sueño-vigilia (puede haber una alteración en el propio sistema del ritmo circadiano o puede que este sistema no esté bien coordinado con los ritmos que la persona necesita según sus horarios laborales, entorno social, etc.) y parasomnias (sonambulismo, terrores nocturnos, pesadillas, etc). El tratamiento de este tipo de trastornos se basa en la Terapia Cognitivo Conductual, tratamiento de referencia para problemas de sueño crónicos consistente en un programa estructurado que busca identificar y reemplazar los pensamientos y conductas implicados por otros que fomentan hábitos adecuados y facilitan el sueño profundo. A diferencia de los tratamientos farmacológicos, de este modo se pueden superar las causas de fondo que provocan los problemas. Algunas técnicas dentro de este tipo de tratamiento son las técnicas de control de estímulos (eliminar factores condicionantes, generar hábitos adecuados en torno al momento de dormir, etc.), restricción del tiempo de sueño hasta conseguir normalizarlo, higiene del sueño, mejorar el entorno para dormir, entrenamiento en relajación, etc.
La calidad de las relaciones con los iguales en el ámbito académico y social, el grado de aceptación y rechazo, son aspectos clave para el ajuste psicosocial en estas etapas. Las habilidades sociales se adquieren en la infancia y se desarrollan paulatinamente con el tiempo, por lo que es normal que los niños experimenten dificultades. Cuando estos problemas persisten y continúan, cosa que podemos detectar por señales como la timidez excesiva, baja autoestima o miedo constante a las interacciones, el menor puede necesitar ayuda para mejorar en sus relaciones. Disponer de habilidades sociales adecuadas y fuertes es imprescindible para desarrollar una vida plena, para tener amistades sanas en el futuro y para desarrollar el sentido de pertenencia a un grupo, fundamental como seres sociales que somos. En la adolescencia, al contrario que en la niñez, las relaciones son más estables, menos supervisadas e influenciadas por los adultos y con mayor intimidad y empatía. Influyen en el desarrollo cognitivo y emocional del adolescente, en su adaptación, en el aprendizaje de actitudes y valores y en la adquisición de identidad y de habilidades sociales. Existen problemas psicológicos en estas edades, sobre todo en adolescentes, caracterizados por un deterioro importante en las relaciones sociales, como por ejemplo la ansiedad y la fobia social, que hacen que se eviten situaciones sociales o que se tenga un gran malestar en ellas. Otros problemas psicológicos como la depresión o trastornos de personalidad, pueden influir de forma negativa en las relaciones sociales de niños y adolescentes. Otro factor que puede dificultar las relaciones sociales es la falta de habilidades sociales, que impiden un buen funcionamiento en la comunicación y en la comprensión de las relaciones. Asimismo, estas se ven afectadas de forma negativa por problemas en la gestión emocional que derivan en agresividad o ira, aspectos como una baja autoestima o un autoconcepto deficientes, etc. En la infancia y la adolescencia, muchos de los problemas están relacionados con las habilidades sociales y es esencial trabajarlas de forma multidisciplinar. Las habilidades básicas son: apego, empatía, asertividad, respeto, escucha activa, cooperación, comunicación, comprensión, negociación y autocontrol. Estas dificultades pueden deberse a que no se hayan adquirido por problemas de aprendizaje, a trastornos del aprendizaje no verbal (dificultades para entender la comunicación no verbal), a trastornos de déficit de atención e hiperactividad o a trastornos de comunicación social. Los principales problemas de habilidades sociales en menores y adolescentes son: timidez, aislamiento, baja autoestima, falta de empatía, miedos, inseguridades, dificultad para acatar reglas y normas, agresividad, sumisión, dificultades comunicativas, etc. Cuando el menor o adolescente tiene dificultades para desarrollar una o varias de estas capacidades, podemos hablar de problemas y hace falta intervención profesional, aunque, en situaciones de fácil abordaje, son los padres o las figuras de referencia del menor o adolescente los que pueden ayudarles a desarrollarlas, comprenderlas y ponerlas en práctica. Lo importante es saber las habilidades que debe mejorar y ayudarle con ellas. En terapia, para problemas más graves o profundos, se pueden trabajar aspectos como la autoestima, la capacidad de escucha, la empatía, el control de impulsos, etc., explicando en qué consisten, indicando cómo actuar y poniéndolas en práctica en diversas situaciones sociales ficticias o reales. Se pueden hacer intervenciones grupales con niños o adolescentes con problemas parecidos, haciendo que aprendan por imitación y que no se sientan tan solos en su problema.
Su despliegue es relativamente reciente y han supuesto rápidos e importantes cambios en nuestra sociedad. Las nuevas tecnologías, bien usadas y de forma responsable, mejoran la calidad de vida de las personas y son una buena herramienta de aprendizaje, desarrollo y adquisición de habilidades para los menores. Un problema cada día mayor es que, en muchas ocasiones, falta supervisión de los progenitores o simplemente se usan para rellenar el tiempo libre de los niños o para “apagarlos”. El aspecto más controvertido y polémico es su potencial adictivo, sobre todo entre los menores, que son la población que más las utiliza. Regular su uso es un reto diario para padres y madres, no exento de dudas, miedos y discusiones. No es recomendable su uso en menores de 2 años, que están en una etapa crucial para su desarrollo cerebral y necesitan actividades orientadas a descubrir el entorno, jugar e interactuar con otros niños y adultos. Entre los 2 y los 7 años, se recomienda un máximo de 1-2 horas de TV, sin necesidad de videoconsolas, móviles u ordenadores salvo para actividades relevantes y supervisadas. Entre los 7 y los 12 años no se recomiendan más de 2 horas ante este tipo de pantallas, en el formato que sea, y evitar las conexiones online sin el debido control parental. Respecto al uso de móvil en menores, no deberían usarse hasta los 12 años. De los 13 en adelante, podemos subir la exposición a estas pantallas hasta las 3 horas, supervisando siempre contenido y tiempo de uso. Incluso a partir de esta edad, sólo se recomiendan juegos online cuando nuestros hijos muestren una madurez adecuada. Como otros consejos para padres podemos destacar: hacer un listado de normas de uso de las nuevas tecnologías, moderar su utilización, no emplearlos para tiempos de espera, cuando el niño está aburrido o para “callarlo”, no se recomienda antes de irse a dormir y se pueden usar en familia para fortalecer vínculos. Cuando hablamos de problemas de adicción a las nuevas tecnologías, hablamos de una problemática con baja percepción de riesgo debido a que son útiles para la vida cotidiana (enseñan, divierten, relajan o desconectan de las rutinas, aumentan reflejos y atención sostenida, creatividad, etc., incluso se pueden usar en terapia como herramienta para entrenar determinadas habilidades. Sin embargo, existe un uso abusivo de las nuevas tecnologías, especialmente en menores y adolescentes, determinado fundamentalmente por el grado de alteración de la vida cotidiana. En este sentido, existe dependencia cuando hay un uso excesivo asociado a una pérdida de control, cuando aparecen síntomas de abstinencia, consecuencias fisiológicas (pérdida de apetito o sueño, saltarse comidas, sedentarismo, cansancio excesivo, etc.), consecuencias psicosociales (deterioro de las relaciones sociales o familiares, aislamiento social, etc.), consecuencias profesionales o académicas (deterioro del rendimiento, mentir o perder la noción del tiempo, etc.) o consecuencias psicológicas (incapacidad para dejar de hacer la conducta, alteraciones emocionales, etc.). Las personas que piden y aceptan ayuda consiguen una mejora importante en su calidad de vida, por lo que el papel de los padres y cuidadores es fundamental para este tipo de problemas en niños y adolescentes. Para el tratamiento en sesiones de este tipo de trastornos es fundamental que el paciente quiera cambiar, ya que, generalmente, vienen a consulta obligados por familiares y entorno. El primer paso es hacer al menor o adolescente consciente de lo que está perdiendo por mantener esta conducta adictiva o lo que podría ganar teniendo más autocontrol de su uso de las nuevas tecnologías. Posteriormente, se trata de que el paciente se haga consciente de cómo funciona su adicción, de cómo es su conducta y de las emociones y pensamientos que la acompañan. Plantear con el niño o adolescente unas metas y objetivos a trabajar es el siguiente paso. El objetivo no es acabar del todo con este tipo de conductas, no es requisito terapéutico la abstinencia total, pero sí aprender y promocionar un uso adecuado, adaptativo y sano de las nuevas tecnologías. Por tanto, uno de los objetivos del tratamiento es aprender a hacer un uso controlado de las nuevas tecnologías, incluso establecer un horario y un tiempo límite de uso, de forma que se haga consciente de que son una herramienta que no debe impedir tener una vida plena y disfrutar de otras actividades. Es importante la claridad en los límites respecto a este horario y a los comportamientos a modificar. Conseguido esto, habrá que establecer con el paciente actividades alternativas que llenen el tiempo que antes dedicaba a su adicción y que generen un estilo de vida más sano y equilibrado y, como último paso, prevenir posibles recaídas fomentando la capacidad de resolución de problemas, la autoestima, las habilidades sociales y el uso alternativo del tiempo libre.
No hay que confundir con los trastornos del desarrollo. Los problemas o dificultades del desarrollo son debidos a factores psicológicos, sociales, familiares o económicos, mientras los trastornos son de orden neurobiológico y duran toda la vida. Estos problemas generales del desarrollo o dificultades de aprendizaje, son detectados en el colegio cuando el niño no alcanza el nivel requerido. Pueden manifestarse como baja motivación para el estudio, poca memorización, concentración limitada, conducta social inadaptada, etc. En general, los motivos suelen tener que ver con problemas del ámbito familiar; condiciones socioafectivas complicadas, situaciones de duelo, ansiedad, violencia de género, problemas entre los padres, etc. Al detectar la fuente del problema y trabajarlo, mejora el desempeño y el aprendizaje del menor.
una de las cosas que los niños deben aprender a lo largo de las primeras etapas de su desarrollo es su capacidad de hacer sus necesidades fisiológicas en el lugar y momento correctos. Las principales dificultades de control de esfínteres son enuresis (emisión involuntaria de orina de día, de noche o en ambos momentos más allá de los 4 años) y encopresis (emisión involuntaria de heces de día, de noche o en ambos momentos para mayores de 4 años). No está relacionado únicamente con el nivel madurativo, a veces está relacionado con el nivel emocional y los niños, una vez adquirida la habilidad, tienen un retroceso debido a algún acontecimiento que les haya sucedido o que haya sucedido a su alrededor. Ambas dificultades suelen acompañarse de síntomas físicos (estreñimiento, irritación de zonas íntimas, dolores lumbares o abdominales y orinar con más frecuencia de la normal), síntomas psicológicos (baja autoestima, sentimientos de culpa y vergüenza) y síntomas comportamentales (agresividad, ira, negarse a dormir fuera, demandar el uso de pañales, etc.). Para el trabajo con menores y adolescentes con este tipo de dificultades, es necesario una correcta evaluación y un adecuado diagnóstico diferencial, teniendo como referencia la edad orientativa de los 4 años pero entendiendo que cada niño tiene su ritmo de desarrollo. Es necesario una intervención multidisciplinar en caso de no adquisición de forma correcta llegada esta edad o, si tras más de 6 meses de adquisición de los hábitos, existe un retroceso. Hay que evaluar, en este caso, qué ha motivado dicho retroceso y adecuar la intervención. El tratamiento psicológico conlleva un trabajo en las líneas de psicoeducar a padres, niños y/o adolescentes, orientar a padres, enseñar a controlar esfínteres y hacer un tratamiento específico del trastorno.
ambos casos son situaciones familiares que representan un gran cambio emocional y que afecta a la vida de los niños y adolescentes. En general, se desarrollan sentimientos de miedo, culpa, inseguridad o confusión, además de algunos otros, por lo que es fundamental que estas necesidades emocionales sean tratadas desde Psicología Infantil y Juvenil. Desde ella se permite a los menores afrontar de forma menos dramática y más saludable la experiencia de un divorcio o una separación, posibilitando que entiendan mejor la situación y que puedan adaptarse a todos los cambios que la acompañan. Las terapias con niños y adolescentes consiguen hacer un seguimiento del impacto emocional que el acontecimiento tiene para ellos, así como determinar los elementos externos que influyen negativamente en su bienestar emocional, especialmente las actuaciones de los padres, cuyo papel es fundamental para este bienestar. Las terapias infanto-juveniles deben acompañarse de terapias familiares que faciliten un mejor entendimiento y comprensión de todo lo que está pasando en el núcleo familiar. En este sentido, el divorcio o la separación, además de un enorme cambio a nivel emocional, conlleva grandes cambios en las rutinas diarias de los menores, que deben enfrentarse a un nuevo contexto. Las terapias deben orientarse a que el niño o adeolescente acepten del mejor modo posible estas circunstancias, dejando a un lado su posible sentimiento de culpabilidad, por lo que es esencial que los padres participen y asuman tareas y roles que fomenten la autoestima, seguridad y confianza de los menores.
existen problemas en el funcionamiento neurológico que interfieren con una o varias funciones neuropsicológicas y que afecta a la capacidad cerebral para adquirir, comprender, usar, acumular y recuperar información verbal y no verbal. Estos problemas no se vinculan a la inteligencia y sí a carencias en el tratamiento de la información y se producen debido a factores neurobiológicos, genéticos o lesiones que afectan al funcionamiento del cerebro y modifican el proceso de aprendizaje. Un diagnóstico mediante una evaluación adecuada permite detectar el tipo de trastorno y el tratamiento a seguir. La evaluación psicológica permite hacer un diagnóstico preciso del trastorno de aprendizaje e identificar los déficits neurológicos asociados, que los familiares y entorno comprendan la naturaleza de las necesidades y puedan respetar los límites, identificar el medio que mejor se adapte a la persona, establecer un plan de intervención adaptado, buscar los ajustes necesarios para maximizar aprendizaje. Para un tratamiento efectivo, es necesaria mucha coordinación en las intervenciones llevadas a cabo por profesionales y en los diferentes entornos en los que el menor se mueve, así como, tener en cuenta las características individuales. Los trastornos de aprendizaje más comunes son dislexia (problemas para aprender la ortografía y la lectura), disgrafía (trastorno en la capacidad de escribir), discalculia (dificultad al escribir números y hacer cálculos), dispraxia (dificultad para coordinar movimientos, automatizar y planificar gestos) y disfasia o afasia (trastorno estructural y duradero para aprender y desarrollar el lenguaje oral).
